Las elecciones de 2026 están cada vez más cerca y las encuestas comienzan a sacudir la opinión. Iván Cepeda lidera la intención de voto mientras la derecha continúa sin un representante claro. Las cifras recientes del CNC, que le dan alrededor del 20,9% de intención de voto, muestran la notable ventaja de la izquierda sobre sus opositores, sin embargo, el progresismo continúa contemplando la posibilidad de consolidar un frente amplio que respalde el desgaste del actual gobierno de Gustavo Petro.
Después de tres años de tensiones internas dentro del Pacto Histórico, escándalos mediáticos y reformas mal gestionadas, gran parte del electorado que votó a favor del proyecto del cambio, hoy, no sabe en qué parte del espectro electoral posicionarse para elegir al nuevo jefe de Estado. El pasado 29 de octubre, Iván Cepeda ganó la consulta popular del Pacto Histórico con más de 1,5 millones de votos, el 65 % del total, y se convierte oficialmente en su aspirante presidencial para 2026. Esa victoria marca tanto una oportunidad como una advertencia: si bien lanza un liderazgo claro, también pone sobre la mesa la urgencia de articular un frente amplio porque gran parte de la base electoral del Gobierno no está dispuesta a movilizarse con la misma fuerza. Y aunque figuras como Cepeda, Roy Barreras o Camilo Romero intentan articular un proyecto para 2026, sin embargo, las fisuras dentro del bloque progresista son su propio desafío.
El caso del sistema de salud es quizá el más ilustrativo del desgaste y fracaso del llamado ‘‘cambio’’. La advertencia de Barreras —sobre la necesidad urgente de inyectar recursos para evitar el cierre de clínicas y hospitales— expone una realidad que el Gobierno ha intentado justificar: la reforma de salud se convirtió en un laberinto político que profundizó la incertidumbre y dejó a los usuarios atrapados entre trámites, demoras burocráticas y el declive de la calidad de los servicios y atención médica.
A esta pérdida de confianza se suma la creciente percepción de improvisación en varios frentes del Ejecutivo y una brecha cada vez más evidente entre el discurso del ‘‘cambio’’ y la desigualdad sostenida hasta hoy. Mientras el Gobierno insiste que el desarrollo avanza, no hay testimonios homogéneos que sostengan esta afirmación, tras varios movimientos erráticos o incluso totalmente contrarios a las promesas de la campaña de Petro en 2022.
Es en este escenario donde cobra relevancia la idea del frente amplio, Camilo Romero lo ha planteado con insistencia: una coalición que integre sectores progresistas, liberales, verdes y de centro. Roy Barreras ha dado un paso más al replicar el llamado de convocar una Asamblea Constituyente. Si el progresismo quiere mantenerse competitivo, debe ampliar el dialogo, juntar nichos electorales y comprender que el país no votará por la continuidad, sino por credibilidad.
El centro político no puede seguir siendo tratado como un espacio “para acaparar” a última hora, como salida rápida ante la necesidad de atrapar los votos de quienes se arrepintieron de confiar en Petro y también de los que no saben a quién elegir ante la variedad de candidatos a la presidencia sin oponentes claros. Juan Fernando Cristo, tras anunciar su candidatura a la presidencia, manifestó que: el liberalismo no está dispuesto a entrar a un frente donde todo esté decidido de antemano ni donde el Gobierno pretenda imponer la agenda.
El progresismo corre el riesgo de tambalear si insiste en defender el “cambio” sin una autocrítica profunda y sin reconocer el Gobierno ha fallado en muchas decisiones cruciales para el país. La construcción del Frente Amplio podría ser la oportunidad para redireccionar el rumbo y proyectar a su candidato con solidez hacia la primera vuelta de 2026. Sin embargo, esta apuesta también pone en tensión a los sectores de centro que se sumen a la coalición: sin garantías de diálogo real ni de superar las fracturas internas del progresismo, podrían terminar arrinconados en un extremo que solo alimenta la desconfianza del electorado.
El Gobierno ha dejado preguntas abiertas que el frente amplio tendrá que responder con rigor: ¿cómo financiar un sistema de salud en crisis?, ¿cómo recuperar la confianza en las instituciones?, ¿cómo avanzar hacia la transición energética sin fracturar el crecimiento económico?, ¿cómo garantizar seguridad en territorios donde la violencia repunta?
Sin respuestas convincentes, la ventaja de Cepeda no será suficiente, el progresismo está en un punto decisivo. La unidad no puede seguir siendo un eslogan; debe convertirse en una estrategia política real. Y esa unidad exige reconocer que el mayor enemigo no es la oposición, sino la incapacidad de corregir los errores propios y esto también debería tenerlo en cuenta la derecha.
Colombia no está pidiendo hacer un equipo de fútbol, está pidiendo seriedad política.