Ivan Cepeda, el amigo de las divinidades del monte, cada día está ganando más terreno en la contienda electoral, el continuista se nos presenta como la mejor opción moral para todos los Colombianos, puesto que el país ha sido testigo de su incansable cruzada por las cárceles del país y de los Estados Unidos, con la finalidad de encontrar cualquier pretexto para incriminar a Uribe con el bandidaje narcoparamilitar.
Nadie le juzga por haber realizado denuncias infundadas y en base a mentiras en contra del gamonal de Rio Negro, por el contrario, se le aplaude y celebra su capacidad su resiliencia, y lo único que se pone en tela de juicio es el rol de la constitución, el derecho y la justica.
A diferencia del resentimiento social de Gustavo Petro, que lo catapultó como presidente de la nación, la obsesión enfermiza de Cepeda con el viejito Uribe y su familia, ha sido el eje central de su campaña, y a pesar de haber declarado bajo juramento que no tenía ninguna prueba fehaciente en contra del gran Colombiano, lo único que importante es hacer uso de las técnicas propagandísticas de Goebbels para asegurar la narrativa, y es que Cepeda al igual que Petro, dice tantas mentiras, que el ciudadano de a pie, se las cree.
Sin embargo el pasado de Cepeda, y su estrecha conexión con los marxistas de las montañas de Colombia y su afinidad ideológica con las dictaduras socialistas del hemisferio afectan la percepción que tiene el público de su moralidad, este no ha perdido el tiempo, y sus amigos en los medios tampoco, puesto que se ha sometido a un cambio de imagen narrativa radical, en donde se le elogia en columnas, los titulares de los noticieros son benevolentes con él y ante los gremios lo ven como una opción real.
Por otro lado la encuesta invamer ha sido también generosa al relacionarle un 31% de la intención de voto para la contienda de 2026, pero ese porcentaje no es peligroso, puesto que corresponde a las bases de la izquierda de nuestro platanal, el verdadero peligro está en la incapacidad de la centro derecha y derecha para unir esfuerzos para evitar a cualquier lugar la continuidad del petrismo.
Ese continuismo, es la garantía de la izquierda para continuar las políticas o más bien la verborrea descontrolada de el presidente Arcadio, el último de los buendía, pero esa continuidad representada en Cepeda, es peligrosa, puesto que el no es un payaso con presuntas desviaciones mentales, como las de tavito. Por el contrario, es la viva representación del dogma marxista, por lo que no representa una renovación en el progresismo, es mas bien la consolidación de una doctrina proveniente de uno de los más grandes puristas de una ideologia empobrecedora.
Por lo que, hablar de Cepeda es hablar inevitablemente de asamblea constituyente, sí, esa misma que el petrismo ha intentado calzar en los pensamientos de la colectividad.
La constituyente no es paranoia de la oposición ni una exageración de catedráticos. Es un anhelo declarado, insinuante y ensayado, la salida política perfecta para cuando las reformas “progresistas” o más bien regresivas, no pasan en el congreso, y cuando la institucionalidad no se apega al marco teórico de una ideología que busca la obediencia irrestricta en todos los estamentos del poder.
Es ahí donde juega un rol importante el amigo de las divinidades del monte, ya que con su perfil jurídico,su moralismo y su lealtad inquebrantable, a ya sabemos quienes, aparece como el candidato ideal para vestir de legalidad y pedagogía lo que en el fondo es un proyecto de concentración del poder.
Aquí es donde la lavada de cara hacia Cepeda cobra sentido, puesto que hay que hacerlo parecer razonable, moderado y diplomático. Un demócrata impecable. El problema es que la historia reciente de América Latina nos enseñó que las constituyentes no suelen nacer para ampliar libertades, sino para rediseñar el tablero a favor del poder de turno. Chávez no llegó diciendo “dictadura”, llegó diciendo “refundación”. Evo habló de “Estado plurinacional”. Ortega de “reconciliación”. El libreto es conocido, solo cambian los actores.
Cepeda no grita, ni insulta, no tuitea compulsivamente, no asiste a debates y por en cambio sonríe cual psicópata ante sus adversarios, como con Paloma… Ese es su mayor activo. Es la versión institucional del proyecto: el rostro amable de una maquinaria que ya mostró sus dientes. Mientras Petro desvaría y pierde los estribos, Cepeda administra sus pasiones. Mientras el presidente confronta, el senador legitima. Una ida y venida de asistencias políticas, clásicas de guiones de películas policiacas, con el policía bueno y el malo…
Y aun así, hay quienes insisten en venderlo como un hombre de consenso. Como si el consenso se construyera ignorando a la mitad del país. Como si la reconciliación fuera posible otorgando impunidad al bandidaje. Como si la democracia pudiera sostenerse desde la superioridad moral permanente.
Es por ello que necesitamos una unión coherente que puedan hacerle frente al alfil de la izquierda,
Pero esos líderes deben entender los límites del poder, que respeten la institucionalidad incluso cuando esta les incomoda, y que no confundan la justicia con la venganza ni la memoria con la ideología.
Cepeda no solo es continuismo, es tan bien polarización, es la herida abierta y vengativa de un sector alimentado por el odio, y esa polarización, solo alimenta la violencia, y nos aleja de una paz que no hemos vivido en más de 200 años de historia republicana.
Eli Zuleta.