Colombia parece enfrentarse a una repetición constante de desafíos, no siempre atribuibles exclusivamente a la izquierda. En la actualidad, una parte significativa de la responsabilidad de fortalecer el progresismo radical recae en la ambición política de ciertos sectores de la derecha que, guiados por intereses personales, han demostrado una falta de capacidad para comprender el momento histórico y el agotamiento de la ciudadanía. Figuras como José Félix Lafaurie y María Fernanda Cabal, más enfocadas en la atención mediática y la promoción de campañas ideológicas que en la construcción de consensos, están allanando el camino para que, en sucesivas encuestas, la izquierda se consolide como una alternativa de poder.
El problema no radica en la presencia de una derecha firme o de una oposición clara. Eso es sano en democracia. El verdadero riesgo se encuentra en la radicalización del discurso, en la incapacidad de establecer puentes y en la obsesión por imponer una visión excluyente del país. Esta estrategia no solo provoca división, sino que también reactiva antiguos conflictos, alimenta sentimientos de resentimiento y fortalece narrativas que la izquierda ha sabido capitalizar con eficacia.
Mientras que algunos miembros de la derecha se dedican a la confrontación constante, la izquierda se reorganiza, se victimiza y se presenta como la única alternativa frente a una élite que, ante la opinión pública, parece desconectada de la realidad social. En este contexto, figuras como la de Iván Cepeda Castro adquieren relevancia, no tanto por sus propios méritos, sino más bien por el vacío estratégico y político dejado por aquellos que optan por el aplauso fácil en lugar de la construcción de un proyecto sólido para el país.
Es alarmante que, a estas alturas, no se haya comprendido que el progresismo colombiano no se derrota con manifestaciones, descalificaciones ni nostalgias de un pasado que ya no volverá. Es preciso combatir con ideas sólidas, propuestas serias, autocrítica y una defensa inteligente de la institucionalidad. No obstante, lo que se observa es una derecha fragmentada, inmersa en disputas internas y en una carrera por ver quién adopta posturas más radicales, sin ponderar las consecuencias.
Es sumamente preocupante que se siga fomentando un progresismo complaciente con aquellos que han utilizado la violencia, que minimiza las responsabilidades y que ha facilitado que los victimarios del pasado se presenten como víctimas en el contexto del conflicto político. Este relato, profundamente injusto para millones de colombianos que sí padecieron la violencia, progresa sin mayor oposición, ya que se topa con una resistencia torpe, reactiva y, en muchos casos, mezquina.
La conducta oportunista de algunos actores políticos, motivados por la búsqueda de rédito político a cualquier precio, está comprometiendo el futuro del país. En lugar de enfocar su atención en el panorama colombiano, su interés se centra en la próxima candidatura, la siguiente encuesta o el próximo micrófono. Esta lógica a corto plazo no solo debilita a la derecha democrática, sino que también legitima el discurso del odio y el resentimiento que dice combatir.
Si esta tendencia se mantiene, Colombia podría enfrentar un período adicional de cuatro años bajo un proyecto político que ha evidenciado su falta de capacidad para gobernar de manera efectiva, que polariza y que utiliza el conflicto como una estrategia de poder. Aunque no se trata de una catástrofe inevitable, sí es una consecuencia lógica de la falta de responsabilidad política de aquellos que, teniendo la oportunidad de ofrecer una alternativa sólida y viable, optaron por el sensacionalismo.
El momento que atraviesa el país requiere de un ejercicio de madurez política y responsabilidad histórica. Derecha y centro deben abandonar la lógica tribal y los egos personales para articular un liderazgo sólido y gobernable. Colombia requiere una respuesta contundente que neutralice a una izquierda que progresa más por la ineficacia de sus oponentes que por sus propuestas, permitiendo que quienes no lograron imponer sus ideas mediante la fuerza hoy consoliden su poder desde el discurso.
Aún es posible ajustar el curso, aunque el margen se está reduciendo. Esto implica la renuncia al ego, el abandono de la política del micrófono fácil y la comprensión de que la contienda democrática no se asemeja a un ring de boxeo ni a una guerra de trincheras digitales. Se trata de un ejercicio de responsabilidad histórica con millones de ciudadanos que esperan algo más que rabia y proclamas vacías. La ausencia de dicho cambio conllevará a que no sea la izquierda en sí la que resulte victoriosa de forma independiente, sino que será una derecha que, motivada por la ambición y la falta de habilidad, optó por facilitarle el camino y condenar al país a la repetición de sus peores errores.