“Los dictadores siempre terminan solos, devorados por el mismo poder que un día los sostuvo.” La frase, atribuida a Albert Camus, parece escrita para Nicolás Maduro, un hombre cada vez más acorralado, debilitado y condenado a representar un teatro ideológico que ya nadie cree. Sus discursos, plagados de simbolismos como la reciente alusión a un texto de 1902, no son más que artificios para maquillar una crisis política que se ha vuelto inocultable incluso para sus más cercanos aliados.
En Caracas, Maduro intenta vestir de épica revolucionaria lo que no es otra cosa que el desmoronamiento de un régimen. Habla de soberanía, de resistencia y de la supuesta “dignidad del pueblo”, pero la realidad contradice cada palabra. La Venezuela que él dirige es un país fragmentado, millones de ciudadanos emigraron para sobrevivir, la economía depende casi exclusivamente de negocios opacos y del oxígeno que le brinda la connivencia con grupos ilegales, y la estructura del Estado se sostiene más por miedo que por legitimidad.
Mientras tanto, en la frontera, la verdad lo alcanza con crudeza. Las vallas publicitarias que ofrecen millonarias recompensas por la captura de Maduro y Diosdado Cabello no son simples carteles, son símbolos internacionales que gritan lo que él pretende ocultar. El mundo los reconoce no como presidentes o dirigentes, sino como prófugos del narcoterrorismo. Y aquí emerge con fuerza un nombre que retumba en los pasillos judiciales de Washington, el Cartel de los Soles, la red criminal que, según múltiples investigaciones, involucra a generales venezolanos identificados por las insignias de sol en sus uniformes en el tráfico de cocaína hacia Estados Unidos y Europa.
Documentos judiciales, testimonios de exfuncionarios y operaciones internacionales apuntan a que el poder real del chavismo está entrelazado con este cartel, cuyo alcance trasciende lo militar para convertirse en un engranaje del propio Estado venezolano. Maduro y Cabello son señalados como cabecillas de una estructura criminal que convirtió a Venezuela en un santuario para el narcotráfico. Por eso, cada valla, cada recompensa ofrecida, es un recordatorio brutal de que el régimen no es un gobierno, sino un aparato criminal con fachada política.
La narrativa heroica del chavismo murió con Chávez; lo que queda es un cascarón de poder que Maduro utiliza para protegerse a sí mismo y a su círculo más cercano de las consecuencias judiciales y políticas que los persiguen. Europa y buena parte de América Latina lo consideran ilegítimo, y Estados Unidos mantiene sobre él una presión jurídica y diplomática que no afloja. Cada viaje, cada discurso, cada negociación es un recordatorio de que Maduro no goza de credibilidad ni confianza. Incluso los gobiernos que alguna vez lo defendieron, hoy lo hacen con cautela, conscientes de que su final es inevitable y que un día próximo tendrán que explicar por qué lo respaldaron tanto tiempo.
El desenlace de este régimen es cuestión de tiempo, y el tiempo en política suele ser implacable. No importa cuánto alargue su agonía ni qué discursos invente para ocultar la verdad: Maduro ya está políticamente acabado. Su futuro no será definido por sus arengas en Caracas, sino por los expedientes judiciales, las sanciones internacionales y la presión de un pueblo que, aun disperso y golpeado, sigue soñando con recuperar su país.
Desde Colombia, perdimos perdón a los venezolanos. Perdón por tener un presidente que se atreve a posar de “demócrata” mientras aplaude a Maduro, como si la represión, el hambre y el exilio forzado fueran parte de un modelo digno de exportar. Petro no nos representa, y mucho menos cuando decide abrazar dictaduras en nombre de una “Paz Total” que solo existe en su imaginación. A ustedes los persigue un tirano, y a nosotros nos gobierna un aprendiz de lo mismo. Así que, hermanos venezolanos, entiendan que su tragedia la compartimos, aquí también lidiamos con un presidente que confunde liderazgo con servilismo y soberanía con pleitesía a las peores causas.
Lo que hoy intenta maquillar con retórica ideológica, mañana será historia, la de un dictador que confundió poder con impunidad, que pretendió eternizarse con miedo y propaganda, pero que terminará enfrentando la justicia que tanto ha intentado esquivar. Y en esa historia, el recuerdo que quedará no será el de un estadista ni el de un líder, sino el de un fugitivo que convirtió a Venezuela en rehén de sus crímenes.