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Felipe Olaya Arias

Colombia, entre techos caídos y sueños pendientes

Una columna del Portal de Opinión

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Por Felipe Antonio Olaya Arias

Mientras los discursos oficiales en Colombia hablan de transformación educativa, miles de estudiantes asisten a clases en salones con techos provisionales, baños sin agua potable y muros a punto de colapsar. Esta dolorosa contradicción revela una verdad incómoda: hablamos de calidad, pero no garantizamos las condiciones mínimas para aprender.

Los datos del Ministerio de Educación Nacional son contundentes: más del 47% de las instituciones educativas públicas presentan graves deficiencias de infraestructura. Esta situación evidencia el incumplimiento del Plan Nacional de Infraestructura Educativa, que hace una década prometió la construcción o mejoramiento de 51.134 aulas para 2025. Sin embargo, para 2024 la Contraloría General de la República documentó que apenas se ha alcanzado un 34% de esa meta.

La crisis es aún más aguda en zonas rurales. Allí, la combinación de climas extremos, violencia persistente y abandono institucional mantiene a las escuelas en estado precario. En departamentos como La Guajira, Chocó o Vaupés, no es raro ver a niños recibiendo clases bajo árboles, sin electricidad ni agua potable. La falta de recursos económicos se agrava por deficiencias de gestión: el Fondo de Financiamiento de la Infraestructura Educativa (FFIE) ha recibido fuertes críticas por retrasos crónicos y contratistas incumplidos. A esto se suma la histórica desconexión entre el Gobierno nacional y las entidades territoriales, que genera duplicidades, demoras y la dilución de responsabilidades.

El resultado es previsible: comunidades frustradas, recursos públicos desperdiciados y generaciones enteras que crecen con la sensación de que estudiar en condiciones dignas es un privilegio, y no un derecho.

Sin embargo, aún es posible corregir el rumbo. Se requiere voluntad política y sentido de urgencia para aplicar medidas concretas: un diagnóstico actualizado y realista, gestión transparente de los recursos, financiación inteligente, y participación activa de las comunidades.

La infraestructura escolar es el pilar sobre el que se construye la calidad educativa. Hablar de innovación, inteligencia artificial, bilingüismo o competencias del siglo XXI carece de sentido si los estudiantes no tienen un pupitre, un baño o un techo que los proteja.

Es hora de que los niños y niñas de Colombia no tengan que aprender a resistir antes que a soñar. La escuela debe ser un refugio digno para el aprendizaje, un espacio donde el conocimiento florezca, en vez de un escenario de resiliencia forzada.

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