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Andres Barrios Rubio

Respeto fingido, poder real

Una columna del Portal de Opinión

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La reunión entre Gustavo Francisco Petro Urrego y Donald Trump será presentada, tal y como han anunciado los organismos oficiales, como un éxito diplomático, una señal de madurez política y un nuevo comienzo en la relación entre Colombia y Estados Unidos. La narrativa oficial enfatizará el respeto mutuo, el diálogo franco y la voluntad de cooperación. Sin embargo, al analizar la situación desde una perspectiva más profunda, se evidencia que lo ocurrido en la Casa Blanca fue más un ejercicio de control simbólico que un verdadero encuentro entre iguales.

Gustavo Francisco Petro Urrego arribó a Washington tras meses de tensión innecesaria, generada en gran medida por su propia retórica. En su narrativa progresista, ha calificado al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, como «fascista», «xenófobo» y «enemigo de la humanidad». Donald Trump respondió empleando el tono amenazante característico de él, expresando su desacuerdo con la política antidrogas colombiana y señalando aspectos que podrían afectar la imagen internacional del país. Ciertamente, es preciso considerar que el contexto real difiere del escenario edulcorado que actualmente se está procurando imponer.

El encuentro entre los mandatarios emitió un primer mensaje formal. La visita se distinguió por su simplicidad y por la ausencia de los protocolos tradicionales de una visita de Estado. La reunión fue de naturaleza funcional, pragmática y prácticamente administrativa. En el ámbito de la diplomacia, se reconoce la importancia de los detalles, que desempeñan un papel fundamental en el éxito de las negociaciones. En ausencia de honores, anuncios conjuntos significativos, firmas de acuerdos o compromisos verificables, el mensaje es inequívoco: el invitado no determina la agenda.

Donald Trump obtuvo la victoria sin necesidad de asumir riesgos significativos. Durante el encuentro, mantuvo una actitud positiva, estrechó la mano de los presentes y calificó la reunión como «muy buena». En el marco de las negociaciones, no se obtuvieron certificaciones antidrogas, no se anunciaron alivios en las presiones económicas, ni se modificó en absoluto la posición de Washington frente a Colombia. En términos tangibles, no se ha entregado ningún resultado concreto. Por su parte, Gustavo Francisco Petro Urrego regresó celebrando un «9 sobre 10», como si la política exterior pudiera evaluarse con emojis y no con resultados tangibles.

El episodio del regalo constituye, probablemente, el símbolo más elocuente. Donald Trump hizo entrega a su homólogo, Gustavo Francisco Petro Urrego, de una copia de la obra The Art of the Deal, acompañada de una dedicatoria de carácter amable. Este gesto no fue inocente, sino una declaración de poder. Es importante recordar quién establece las normas del juego y quién debe adaptarse a ellas. El progresista de izquierda colombiano, que había edificado gran parte de su capital político mediante la crítica al «imperialismo», terminó posando sonriente junto a uno de sus símbolos. La imagen es elocuente por sí sola.

Lo que se presentó como una relación de respeto mutuo resultó ser, en realidad, una relación profundamente asimétrica. Gustavo Francisco Petro Urrego requería de la fotografía, necesitaba mitigar la tensión y demostrar gobernabilidad internacional ante una opinión pública interna que se mostraba cada vez más escéptica. Donald Trump no requería de ninguna medida adicional. Para él, Colombia sigue siendo un socio de menor importancia, útil mientras cumpla con los requisitos establecidos, prescindible si supone algún inconveniente.

No hubo anuncios contundentes sobre cooperación en seguridad, ni cambios en la política antidrogas, ni compromisos claros frente a los problemas regionales que Gustavo Francisco Petro Urrego dice querer liderar. Venezuela, el narcotráfico, la migración y el comercio quedaron deliberadamente fuera del debate, suspendidos en un silencio conveniente. Hubo discursos, gestos y declaraciones, pero ninguna propuesta concreta ni decisión verificable. Esta es la trampa recurrente de la diplomacia contemporánea, la cordialidad como sustituto del contenido. Se habla de “diálogo constructivo” cuando no hay cimentación alguna y se exhibe la fotografía oficial para ocultar la ausencia de resultados. Lo que se presenta como un éxito no es más que una pausa temporal en un deterioro que continúa, maquillada por el lenguaje diplomático y la puesta en escena.

Gustavo Francisco Petro Urrego confundió el desescalamiento con un logro. Evitar una crisis no es éxito, es apenas el mínimo exigible a un jefe de Estado. La política exterior no puede reducirse a administrar tensiones, menos aun cuando ello implica aceptar una posición subordinada. Estados Unidos no necesitó humillarlo: le bastó con marcar territorio, imponer el ritmo y recordar que el poder real no se negocia en fotos ni en redes. La reunión dejó una lección incómoda: la retórica ideológica sirve para agitar plazas, pero no para sentarse con las grandes potencias. Allí quedó claro quién manda y quién agradece la recepción.

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