Estados Unidos es considerada como una de las primeras naciones en declararse libre. Y fue justamente, la protección a la libertad de pensamiento el motivo que impulsó a miles de peregrinos protestantes a emigrar hacia América, en su objetivo por huir de los abusos de poder ejercidos por la monarquía y la iglesia católica en Europa. Sin embargo, como lo señala Ellen White en El conflicto de los siglos, una vez establecidos, los mismos colonos instauraron formas de persecución religiosa contra los no protestantes.
Que la naciente nación no comprendiera plenamente el gran principio de la libertad, revela una verdad tan incómoda como cruel: el respeto por la libertad de pensamiento no es una cualidad inherente a la naturaleza humana. Por el contrario, nuestra inclinación automática es la de silenciar a aquellos que no comulgan con nuestras creencias.
Tal como lo menciona Lucía Santa Cruz: El respeto por la libertad de expresión, entendida como la disposición a permitir que otros manifiesten sus opiniones sin restricciones ni censura, no surge del instinto, sino del esfuerzo histórico, y es por eso que representa una de las conquistas más valiosas de la civilización.
Con el establecimiento de su Constitución en 1787, Estados Unidos se erigió como una de las primeras naciones en consagrar la igualdad entre los seres humanos, poniendo fin al orden antiliberal que amenazó los primeros años de colonización, lo que permitió, a su vez, garantizar el derecho a la libertad de pensamiento de miles de generaciones siguientes.
Sin embargo, hoy parece que este derecho, tan cuidadosamente custodiado por siglos, se erosiona bajo nuevas formas de censura ideológica.
El asesinato del activista conservador Charlie Kirk, el pasado 10 de septiembre, en la universidad de Utah, es una muestra de ello. Revela el retorno de la oleada de intolerancia ideológica, en una sociedad que había consagrado constitucionalmente el derecho a la diferencia.
No obstante, no ha sido el único acto violento dirigido contra representantes políticos. En junio de este año, la Representante Melisa Hortman fue asesinada junto a su esposo; y el senador John Hoffman resultó gravemente herido. Ambos miembros del Partido Demócrata.
A estos hechos se suman los dos intentos de asesinato contra el presidente Donald Trump. Lo que pone de manifiesto, una escalada de violencia que ha afectado por igual a los dos partidos.
Y sobre este punto, me gustaría introducir una observación crucial. Si bien históricamente en los Estados Unidos los episodios de intolerancia han sido impulsados por el poder estatal contra individuos o minorías. En el caso particular de esta nueva oleada, se evidencia un giro en la tendencia. La violencia ya no se ejerce desde el Estado, sino que se comete desde la sociedad misma. Es una violencia ascendente, más difusa, pero no menos peligrosa, porque erosiona desde adentro las bases de la democracia.
Encuestas recientes dirigidas por el profesor Robert Pape desde la Universidad de Chicago, revelan que: el 40 % de los demócratas apoyan el uso de la fuerza para destituir al presidente Trump, mientras que el 25 % de los republicanos respaldan el empleo de las Fuerzas Armadas contra manifestaciones opositoras. Lo alarmante de estas cifras es que se han duplicado desde 2024, lo que llevó a Pape a advertir: “Podríamos estar al borde de una era extremadamente violenta en la política estadounidense.»
Charlie Kirk defendía principios propios del pensamiento cristiano-conservador: El derecho a la vida, por lo cual se oponía profundamente al aborto, el matrimonio tradicional como pilar moral de la sociedad, así como rechazaba abiertamente el adoctrinamiento de género en las escuelas.
Por más divergentes que hayan sido sus posturas ¿es motivo suficiente para silenciar a alguien? ¿Qué entendemos por libertad de opinión? Sí solo se permiten aludir a juicios agradables o socialmente aceptables, ¿existe realmente derecho a la expresión? No. porque el derecho a la expresión también implica mencionar aquello que incomoda, ofende o desafía.
La libertad de expresión no es una condición innata, sino una conquista frágil que exige vigilancia constante por parte de los ciudadanos. El derecho a la expresión no solo debe garantizarse para aquellas voces que representan la ideología de las minorías o de movimientos populares que agradan; deben garantizarse para todos, incluso, para aquellos que, especialmente, que nos confrontan con nuestras propias convicciones .